Élites y sociedades secretas · Actualizado 21/09/2026

Sánchez reclama un nuevo contrato social frente a la inteligencia artificial

El presidente del Gobierno exige un marco regulatorio y convoca a los agentes sociales antes de su viaje a la ONU

Sánchez reclama un nuevo contrato social frente a la inteligencia artificial

Ilustración editorial de Sin Filtro — sin fotografía libre de derechos disponible para esta noticia.

El presidente del Gobierno ha presentado nuevas iniciativas para adaptar a España al desarrollo de la inteligencia artificial y ha advertido que la autorregulación de las grandes tecnológicas no funciona. Para ello, el Ejecutivo ha anunciado la convocatoria inmediata de los agentes sociales con el fin de debatir un nuevo contrato social que proteja el mercado laboral y los derechos ciudadanos.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha protagonizado un movimiento político de calado institucional al reclamar un nuevo contrato social enfocado específicamente en la gestión y el control de la inteligencia artificial. Durante su intervención, el líder del Ejecutivo ha sostenido de forma categórica que los mecanismos de autorregulación promovidos por las propias corporaciones tecnológicas han fracasado estrepitosamente, dejando a los Estados sin capacidad real de supervisión frente a los cambios estructurales que impone este sector.

El anuncio se produce en un momento de intensa actividad diplomática para el mandatario, ya que esta misma agenda de control tecnológico e institucional coincide con su desplazamiento internacional para participar en la cumbre de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York. Este tipo de foros supranacionales se han convertido en el escenario habitual donde los Ejecutivos intentan proyectar normativas nacionales hacia marcos de consenso global, buscando frenar el descontrol de los gigantes tecnológicos que operan por encima de las fronteras tradicionales.

En el centro de esta pugna se encuentran los actores con poder real en el ámbito financiero y digital, monopolios tecnológicos globales que acumulan más datos, capacidad de cálculo y recursos económicos que muchos Estados soberanos juntos. La pretensión del Ejecutivo español de convocar a los agentes sociales busca articular un cortafuegos interno ante el impacto socioeconómico previsible de la automatización masiva, aunque los críticos señalan la dificultad de aplicar medidas estatales eficaces frente a corporaciones transnacionales con sede en jurisdicciones extraterritoriales.

Este movimiento político interno guarda relación directa con la estrategia exterior del Ejecutivo en los foros multilaterales, donde España intenta posicionarse como un referente normativo en materia digital. Esto ocurre apenas unos días después de [sanchez-lleva-su-modelo-migratorio-a-la-onu-en-plena-crisis-de-ceuta], lo que evidencia una constante en la acción exterior del Gobierno de utilizar las tribunas de la ONU para legitimar y blindar sus políticas internas frente a las crisis de gobernabilidad que afronta en el plano doméstico.

La decisión de exigir un marco regulatorio estricto también se entrelaza con las tensiones regulatorias globales que enfrentan a los bloques económicos tradicionales frente al dominio absoluto de las grandes tecnológicas de EE. UU. y el avance competitivo de potencias como China. En este tablero de poder, los Estados europeos buscan recuperar una soberanía digital perdida, utilizando herramientas legislativas y discursos sobre el bienestar social para intentar someter a unas corporaciones tecnológicas que hasta ahora han dictado sus propias reglas de juego en el mercado global.

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Otros medios, otras miradas

Hipótesis

Detrás de este llamamiento a un nuevo contrato social operan intereses cruzados entre la necesidad de los Estados por recaudar y controlar los flujos de información y la resistencia de los gigantes tecnológicos a perder su autonomía operativa. Los beneficiarios directos de una regulación estricta, en teoría, deberían ser los trabajadores y los ciudadanos expuestos a la pérdida de empleo por la automatización; sin embargo, en la práctica, los marcos normativos suelen acabar consolidando la posición de los grandes monopolios ya establecidos, que cuentan con los recursos legales y financieros necesarios para adaptarse al cumplimiento normativo, expulsando del mercado a competidores más pequeños.

Históricamente, los procesos de transformación tecnológica profunda se han gestionado mediante la creación de organismos de control estatal que, bajo la promesa de proteger el interés público, han terminado generando estructuras burocráticas estrechamente aliadas con los mismos poderes corporativos que debían fiscalizar. Este patrón de intervención estatal ante disrupciones tecnológicas recuerda a los ciclos de regulación industrial del siglo XX, donde la respuesta gubernamental solía llegar tarde y condicionada por los lobbies empresariales más poderosos, transformando la soberanía ciudadana en un mero trámite administrativo al servicio de la competitividad nacional.

Desde una perspectiva analítica crítica y disidente, este tipo de iniciativas gubernamentales se interpretan a menudo como operaciones de relaciones públicas destinadas a proyectar una imagen de control político frente a procesos económicos globales que escapan por completo al alcance de los parlamentos nacionales. Mientras se discute sobre contratos sociales y marcos éticos para la inteligencia artificial, el verdadero poder sobre la infraestructura digital global sigue concentrado en un puñado de consejos de administración exentos de cualquier rendición de cuentas democrática real.