En las últimas semanas, Irán ha intensificado sus operaciones ofensivas con ataques en el estrecho de Ormuz y contra posiciones vinculadas a EE. UU., marcando un giro hacia una estrategia de confrontación prolongada. Desde Teherán interpretan que las sanciones, negociaciones y altos el fuego temporales forman parte de una misma agenda orientada a lograr el colapso del régimen, descartando alcanzar un acuerdo con la administración estadounidense actual. Esto ocurre apenas unos días después de que figuras clave de Fox News cuestionan la estrategia de Trump en la guerra contra Irán, reflejando el debate interno que genera esta prolongación del conflicto en el bando occidental.
La decisión de la cúpula iraní responde a la constatación de que los incentivos económicos prometidos en el memorando de entendimiento de junio pasado nunca se materializaron de forma efectiva. Aunque se paralizaron temporalmente los bombardeos, Irán exportó petróleo por valor de 6.000 millones de dólares pero no recibió los 12.000 millones esperados en activos extranjeros. Este incumplimiento, sumado a las dificultades en el mecanismo de gestión humanitaria administrado desde Qatar, convenció al liderazgo iraní de que la pausa militar solo servía para que Washington reforzara sus defensas y redujera sus costes internos.
A pesar de soportar una fuerte contracción en su mercado laboral, una inflación histórica y daños masivos en más de 23.000 bombardeos sobre su infraestructura energética e industrial, el Estado persa ha evitado el colapso total gracias a su diversidad geográfica y a la protección de sus empleados públicos esenciales. Sin embargo, el peso de la crisis recae de lleno sobre los trabajadores informales y pequeñas empresas, alimentando tensiones internas que el régimen intenta canalizar mediante una política de defensa exterior más agresiva.
La estrategia iraní busca elevar los costes operativos y políticos para Estados Unidos mediante ataques limitados que saturen los sistemas defensivos norteamericanos sin desencadenar una guerra total. Con esta presión calculada sobre el tráfico marítimo y la estabilidad regional, Teherán pretende desgastar el apoyo político interno de la administración Trump, cuya popularidad ha caído a mínimos históricos, obligando a Washington a replantearse los límites de su campaña militar.
Este escenario de baja intensidad prolonga un conflicto que se alimenta de la desconfianza mutua y del fracaso de la diplomacia económica. La ruptura de los canales de entendimiento y el uso de la palanca militar sobre el estrecho de Ormuz sitúan a la región en un pulso donde el margen para la distensión es cada vez más estrecho, conectando directamente con dinámicas previas como se observa en irán y omán perfilan el estrecho mientras los precios del crudo bajan.