Un oficial del Ejército israelí ha descrito recientemente cómo Hezbollah utiliza de manera sistemática instalaciones civiles, incluyendo escuelas, como parte de su infraestructura militar en las aldeas fronterizas del sur del Líbano. Según la información facilitada, la milicia chií ha construido una compleja red subterránea que opera directamente bajo zonas residenciales, consolidando lo que denominan como dos países dentro del propio Líbano.
Esta situación pone de manifiesto la profundidad de la infiltración militar en el tejido civil del país vecino, donde las estructuras del grupo armado operan al margen del Estado. La complejidad de la guerra urbana en estas regiones complica cualquier operación militar convencional y eleva el riesgo para la población no combatiente que permanece en las áreas afectadas.
A pesar de los hallazgos bélicos presentados por las fuerzas israelíes en zonas residenciales, la retirada militar de la zona continúa condicionada. El factor clave que determina el repliegue es el despliegue efectivo y real del ejército libanés en la región fronteriza, un requisito que busca evitar la recomposición inmediata de las capacidades de la milicia.
Este escenario se enmarca en la escalada bélica generalizada en Oriente Próximo, un conflicto que ya ha alterado los mercados energéticos globales, tal como se señaló en el artículo El petróleo toca los 100 dólares por la guerra en Oriente Próximo. La tensión en la región no se limita al plano militar directo, sino que repercute en las cadenas de suministro y en las decisiones de los principales actores geopolíticos internacionales.
La persistencia de estos enclaves armados en territorios bajo soberanía formal de un Estado fallido o debilitado demuestra las limitaciones de la diplomacia tradicional frente a actores paraestatales con capacidad militar avanzada. La dependencia de la estabilidad local respecto a la efectividad de las fuerzas regulares libanesas sigue siendo una incógnita central en el tablero de la región.